9) El afecto y el estado de ánimo.


La personalidad de los Discípulos de Jesucristo.

         El afecto y el estado de ánimo se combinan como principios de la actividad humana, para emprender acciones con el espíritu energizante e irradiar influencia optimista y positiva, mediante la inclinación y tendencia a los aspectos más favorables. La Biblia dice: “Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber: que haciendo esto, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo; más vence con el bien el mal.” (Romanos 12.20 al 21 – RVR1909). Jesucristo establece un precedente cuando da su vida por amor, no solamente a sus amigos sino también a sus enemigos. Jesucristo vino a servir y de ninguna manera pretende servirse en detrimento de los demás, sino para establecer un ejemplo y modelo de servicio para el bien común. Dios en su afecto y ánimo envía a su propio Hijo para traer la enseñanza y mensaje, con la finalidad de generar y fomentar una educación y formación en el ser humano, práctico y útil para las actividades de convivencia en la cotidianidad o diario vivir, y trampolín para la aspiración a una vida eterna:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios á su Hijo al mundo, para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (Juan 3.16 al 18 – RVR1909).

 

¿Cómo comprender y lograr entender al Hijo primogénito y a la vez unigénito? Hemos mencionado a Dios Padre como la energía única al principio de todo lo existente, es la energía creadora del espacio y del tiempo, como decían algunos:

“… y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; Para que buscasen á Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros: Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje de éste somos también. Siendo pues linaje de Dios, no hemos de estimar la Divinidad ser semejante á oro, ó á plata, ó á piedra, escultura de artificio ó de imaginación de hombres.” (Hechos 17.26 al 29 – RVR1909).

 

         Obsérvese la diferencia entre estar apegado a lo terrenal, con los pies puestos en lo material, o ser parte de la energía de Dios y moverse en su energía, porque en él vivimos, nos movemos y somos. El afecto y el estado de ánimo involucran las emociones y sentimientos, según la condición de equilibrio y salud mental. A su vez atañe a las intenciones y a la voluntad. El ser humano es un ser integral, pero divaga y se desplaza sin dirección, orientación, propósito o rumbo determinado, su intelecto se limita a la competitividad y desempeño de supervivencia humana. Se dice que tanto las emociones individuales o colectivas en sociedad, requiere de una inteligencia para las reacciones y reflejos de un comportamiento y conducta adecuados y moderados. Por esta razón, en relación con lo que atañe a la vida eterna, el ser humano tiene una dependencia de la Inteligencia de Dios Padre, mediante su energía mental a través de la mente de su Hijo Jesucristo: “Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿quién le instruyó? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Corintios 2.16 – RVR1909).

 

         El pasaje anterior hace referencia a una instrucción divina, porque ¿Quién instruyó al Señor Jesucristo en su preexistencia? Jesús dijo:

“Yo la luz he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas. Y el que oyere mis palabras, y no las creyere, yo no le juzgo; porque no he venido á juzgar al mundo, sino á salvar al mundo. El que me desecha, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Porque yo no he hablado de mi mismo; mas el Padre que me envió, él me dió mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna: así que, lo que yo hablo, como el Padre me lo ha dicho, así hablo.” (Juan 12.46 al 50 – RVR1909).

 

         Esta conexión, contacto y relación directa de Jesucristo como Hijo con su Padre, lo hace ser el único o unigénito. La inteligencia transmitida por Jesucristo tiene relación con el poder de elección, se dice que quien tiene el conocimiento tiene el poder, pero trasladémonos a la época de Adán y Eva, donde se presenta el árbol de la ciencia del bien y del mal. Eva tiene duda e indecisión al obedecer a Dios, función del temperamento. Dios les da instrucciones o mandamiento, de comer de cualquier árbol, excepto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Entre todas las opciones, en su facultad y libertad de elegir, resulta que tanto Adán como Eva escogen la opción censurada o prohibida. El conocimiento es la instrucción o mandamiento de Dios, conocida por Adán y Eva, pero la inteligencia viene a ser la capacidad de procesar la información y determinar la mejor aplicación o elección. En este caso corresponde a la fidelidad o lealtad a la obediencia a Dios. El árbol de la vida, reiteradamente hemos confirmado su referencia a Jesucristo, por consiguiente la inteligencia de Jesucristo demostrada con la praxis de sus enseñanzas.  Una vez realizada la infracción por parte de Adán y Eva, se posibilita su comparación del antes y después de la desobediencia y rebeldía, de manera que se amplía el panorama para distinguir entre el bien y el mal. Por lo tanto, se confirma la existencia de una especie de inteligencia emocional y social, pero entre todos los conceptos presentados al respecto, la mejor concepción construida con la práctica, es la expuesta por Jesucristo mismo, con su ejemplo y modelo de vida.

 

         El afecto y ánimo es decidido y resuelto, no duda ni vacila, puede ayudar en lo temperamental. La historia de la humanidad titubea entre sus propios ídolos y dioses falsos, frente al Dios verdadero. Así dijo Josué: “Y si mal os parece servir á Jehová, escogeos hoy á quién sirváis; si á los dioses á quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron de esotra parte del río, ó á los dioses de los Amorrheos en cuya tierra habitáis: que yo y mi casa serviremos á Jehová.” (Josué 24.15 – RVR1909). Ante los dioses falsos, Dios es único y no hay otro Dios: “Por tanto tú te has engrandecido, Jehová Dios: por cuanto no hay como tú, ni hay Dios fuera de ti, conforme á todo lo que hemos oído con nuestros oídos.” (2 Samuel 7.22 – RVR1909). Dios permite y posibilita un homenaje solamente a su propio Hijo: “Y ahora, reyes, entended: Admitid corrección, jueces de la tierra. Servid á Jehová con temor, Y alegraos con temblor. Besad al Hijo, porque no se enoje, y perezcáis en el camino, Cuando se encendiere un poco su furor. Bienaventurados todos los que en él confían.” (Salmos 2.10 al 12 – RVR1909). Toda la creación fue establecida por Dios como herencia para su Hijo: “Yo publicaré el decreto: Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por heredad las gentes, Y por posesión tuya los términos de la tierra.” (Salmos 2.7 al 8 – RVR1909). El Padre se acompañaba de su Hijo en la creación: “… ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?” (Proverbios 30.4 – RVR1909). Hay una analogía en Proverbios para comparar al Hijo con la inteligencia y sabiduría:

“Yo, la sabiduría, habito con la discreción, Y hallo la ciencia de los consejos… Conmigo está el consejo y el ser; Yo soy la inteligencia; mía es la fortaleza… Jehová me poseía en el principio de su camino, Ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio, Antes de la tierra. Antes de los abismos fuí engendrada; Antes que fuesen las fuentes de las muchas aguas… Cuando establecía los fundamentos de la tierra; Con él estaba yo ordenándolo todo; Y fuí su delicia todos los días, Teniendo solaz delante de él en todo tiempo.” (Proverbios 8.12 al 30 – RVR1909).

 

         Recordemos que al Hijo se le identifica como la acción, palabra o verbo: “En el mundo estaba, y el mundo fué hecho por él; y el mundo no le conoció… Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1.10 y 14 – RVR1909). También al Hijo se le asocia con la vida eterna, y gracias a que existe el Hijo es que a Dios se le puede llamar el Padre:

“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida; (Porque la vida fué manifestada, y vimos, y testificamos, y os anunciamos aquella vida eterna, la cual estaba con el Padre, y nos ha aparecido;) Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros: y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.” (1 Juan 1.1 al 3 – RVR1909).

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