7) El libre albedrío humano frente a la voluntad de Dios.


La personalidad de los Discípulos de Jesucristo.

         El libre albedrío humano es posterior, primeramente existe solo la voluntad de Dios: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y le puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto comerás; Mas del árbol de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás.” (Génesis 2.15 al 17 – RVR1909). Hasta aquí había solamente el mandamiento o mandato de Dios, la única elección u opción del ser humano es obedecer con gratitud. Dios ordena el hacer su voluntad, mientras tanto, el libre albedrío humano se introduce hasta que la serpiente astuta lleva a cabo su malvado plan y trama perturbadora: “Empero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo á la mujer:… Mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3.1 y 5 – RVR1909).

 

         La astucia y estrategia de la serpiente para hacer prevalecer la desobediencia y rebeldía, es introducir el surgimiento del libre albedrío como mentira para engañar al ser humano y facultar su justificación del libertinaje y posibilidad de hacer lo que se quiera, inclusive contrario a la voluntad de Dios su Creador. El testimonio de Eva es que la serpiente la engañó: “Entonces Jehová Dios dijo á la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.” (Génesis 3.13 – RVR1909). Se impone la decisión y voluntad propia del ser humano con el irrespeto a Dios y a su voluntad. La serpiente actúa según una intención previa e instinto dañino manifestado en su precedente, ya iniciado anteriormente con la rebelión del ángel caído y seguido con la influencia ejercida en Adán y Eva, porque el primer pecado existente por parte del ángel caído fue invalidar y rechazar la autoridad del Hijo de Dios, acreditada y delegada por Dios Padre. Divagaron en la interpretación de la justicia en lugar de practicar realmente la verdadera justicia de Dios.

 

         El destino del ser humano era hacer la voluntad fiel y leal ante Dios, como un único camino de obediencia, pero el ser humano es portador de la rebeldía del temperamento, por su contenido de duda e indecisión al obedecer a Dios. El escenario del Edén sin la serpiente, está libre de la influencia e intervención de la misma, entonces el ser humano conservaría permanentemente su condición ante Dios, o sea, sin comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. La serpiente es la causa provocadora del actuar del ser humano, en relación con comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios en su amor y misericordia planta este árbol con el propósito de dar otra oportunidad de perdón a la serpiente, y que esta última pudiera rectificar y resarcir el daño de la rebelión de los ángeles caídos representados en esta serpiente.

 

         En este caso, la serpiente no aprovecha la segunda oportunidad, para rectificar y resarcir su primera experiencia de rebelión dentro del séquito celestial. Tuvo la opción de reconocer su propia limitación y ser, con la corrección de retornar a un estado anterior, y transformar su precedente en una absoluta subordinación de obediencia ante Dios. Esto hubiera demostrado un cambio y sus consecuencias. Por otra parte, se presenta esta vez ante los seres humanos y sostiene su empeño del legado de confusión, desobediencia y rebeldía ante el Creador. En cierta ocasión Jesucristo dijo: “Y les dijo: Yo veía a Satanás, como un rayo, que caía del cielo.” (Lucas 10.18 – RVR1909). Desde un principio hay un anuncio del conflicto entre la simiente de la serpiente y la simiente que es Cristo, con referencia a la crucifixión, muerte y resurrección: “… ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” (Génesis 3.15 – RVR1909). Resulta que en el amor y la misericordia de Dios, la serpiente tuvo una segunda oportunidad para rectificar y resarcir el daño de la desobediencia y rebeldía ante Dios, pero su afán, empeño y obstinación fue mantener su infidelidad y la muerte del que muere. Jesucristo vino a terminar con la muerte, a través de la obediencia fiel a Dios:

“Si alguno me sirve, sígame: y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará. Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas por esto he venido en esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Y lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez. Y la gente que estaba presente, y había oído, decía que había sido trueno. Otros decían: Ángel le ha hablado. Respondió Jesús, y dijo: No ha venido esta voz por mi causa, mas por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, á todos traeré á mí mismo. Y esto decía dando á entender de qué muerte había de morir.” (Juan 12.26 al 33 – RVR1909).

 

         La perspicacia es una visualización con profundidad intensa, así es la comprensión y entendimiento en la inmersión de la sabiduría del conocimiento profundo. La sabiduría de Jesucristo nos posibilita lograr un alcance del conocimiento celestial, donde el ser humano con su sola condición natural de ninguna manera puede llegar. ¿Pero cuál es la razón de todo lo existente? La respuesta es el amor de Dios. La versión de la Biblia, Reina – Valera revisión del año 1909, en Génesis 3.17 menciona acerca del amor lo siguiente: “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste á la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo, No comerás de él; maldita será la tierra por amor de ti; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida;” (Génesis 3.17 – RVR1909). La maldición consiste en la pérdida de la autoridad de Adán sobre el jardín del Edén y por consiguiente su expulsión a labrar la tierra fuera del Edén. El árbol de la vida presente en el Edén representa la sabiduría de Jesucristo, correspondiente al alimento celestial, el reconocimiento y dedicación de la vida plenamente a Jesucristo. El ser humano es sentenciado a sobrevivir con el alimento natural, pero por amor al mismo ser humano, Dios deja la posibilidad de un camino hacia el alimento espiritual al que las personas pueden tener accesibilidad, para aspirar a comer del árbol de la vida y vivir para siempre: “Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía á todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.” (Génesis 3.24 – RVR1909).

 

         Estos querubines forman parte del séquito celestial, quienes acompañan a Dios. Entonces surge la siguiente pregunta: ¿Hay un plural de Dios en las siguientes palabras? Hagamos a nuestra: “Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza;” (Génesis 1.26 – RVR1909). Es como uno de nos: “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de Nos sabiendo el bien y el mal: ahora, pues, porque no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre:” (Génesis 3.22 – RVR1909). Descendamos y confundamos: “Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un lenguaje: y han comenzado á obrar, y nada les retraerá ahora de lo que han pensado hacer. Ahora pues, descendamos, y confundamos allí sus lenguajes, para que ninguno entienda el habla de su compañero.” (Génesis 11.6 al 7 – RVR1909). La pluralidad de Dios se explica de la siguiente manera: en el principio existe solamente la energía de Dios, lo corporal de Dios es su propia energía, con atributos o cualidades, mente, pensamientos, sabiduría y voluntad. Dios crea un ser celestial de luz para su compañía al que llama su Hijo, entonces ahora existen Dios Padre y Dios Hijo, pero el Padre es mayor que el Hijo. Jesucristo dijo: “Habéis oído cómo yo os he dicho: Voy, y vengo á vosotros. Si me amaseis, ciertamente os gozaríais, porque he dicho que voy al Padre: porque el Padre mayor es que yo.” (Juan 14.28 – RVR1909).

 

         También Jesucristo dijo: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán. Empero del día y hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino mi Padre solo.” (Mateo 24.35 al 36 – RVR1909). Otro evangelio menciona: “Empero de aquel día y de la hora, nadie sabe; ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.” (Marcos 13.32 – RVR1909). El Hijo es mayor que todo el séquito celestial: “Hecho tanto más excelente que los ángeles, cuanto alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos. Porque ¿á cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi hijo eres tú, Hoy yo te he engendrado? Y otra vez: Yo seré á él Padre, Y él me será á mí hijo? Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios.” (Hebreos 1.4 al 6 – RVR1909). El Hijo es el primogénito, es el primero y el principio. Dios Padre ungió a su Hijo más que al resto del séquito celestial: “Mas al hijo: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Vara de equidad la vara de tu reino; Has amado la justicia y aborrecido la maldad; Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que á tus compañeros.” (Hebreos 1.8 al 9 – RVR1909).

 

         Entonces al principio existe únicamente Dios, luego su Hijo, pero Dios Padre en su sola potestad y voluntad, le rinde un obsequio, para homenaje y reconocimiento de su Hijo, que es la creación, inclusive el séquito celestial y posteriormente el ser humano. El séquito celestial tiene que reconocer la autoridad y potestad de Dios Hijo, según la disposición del Padre. Encontramos una analogía o comparación en el caso de José y Faraón: “Y dijo Faraón á sus siervos: ¿Hemos de hallar otro hombre como éste, en quien haya espíritu de Dios? Y dijo Faraón á José: Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú: Tú serás sobre mi casa, y por tu dicho se gobernará todo mi pueblo: solamente en el trono seré yo mayor que tú.” (Génesis 41.38 al 40 – RVR1909). Así como este ejemplo, el Padre es mayor que el Hijo, pero el Padre le concede al Hijo la autoridad y potestad, hasta que el Hijo mismo se sujetará por completo al Padre:

“Luego el fin; cuando entregará el reino á Dios y al Padre, cuando habrá quitado todo imperio, y toda potencia y potestad. Porque es menester que él reine, hasta poner á todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será deshecho, será la muerte. Porque todas las cosas sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice: Todas las cosas son sujetadas á él, claro está exceptuando aquel que sujetó á él todas las cosas. Mas luego que todas las cosas le fueren sujetas, entonces también el mismo Hijo se sujetará al que le sujetó á él todas las cosas, para que Dios sea todas las cosas en todos.” (1 Corintios 15.24 al 28 – RVR1909).

 

Al parecer se dice que entre el séquito celestial por cuestiones de deseos de preferencia y de recibir adulación y pleitesía, surge un adversario en contra del Hijo de Dios. Hay otro pasaje de la Biblia acerca de un rey de Tiro que sirve como analogía o comparación: “Tú, querubín grande, cubridor: y yo te puse; en el santo monte de Dios estuviste; en medio de piedras de fuego has andado. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste criado, hasta que se halló en ti maldad.” (Ezequiel 28.14 al 15 – RVR1909). Se considera este texto referente a ciertos reyes como alusivo al inicio de los ángeles caídos, quienes se decidieron seguir a otro en su rebelión:

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas las gentes. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo, en lo alto junto á las estrellas de Dios ensalzaré mi solio, y en el monte del testimonio me sentaré, á los lados del aquilón; Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.” (Isaías 13.12 al 14 – RVR1909).

 

         Los pasajes mencionados anteriormente se refieren a reyes de la tierra, aunque para algunos sirven como pistas del origen de los ángeles caídos. Entonces al principio existe únicamente Dios, luego su Hijo, seguidamente el séquito celestial. Dentro de este séquito surge una rebelión donde parte se mantiene fiel al Hijo de Dios y parte se une al ángel adversario y rebelde. También se cree acerca de otra parte del sequito celestial como los indecisos de seguir fieles o de unirse a la rebelión, estos son todos los seres humanos enviados a nuestro planeta para tomar dicha decisión. De manera cíclica se replica en Caín, con la manifestación del egoísmo, la envidia y el odio, quien toma su decisión en pos de la rebeldía contra Dios y mata a su hermano Abel. Sin embargo, la actitud y personalidad de Abel antes de morir, es de fe y justicia en alabanza y adoración a Dios. Precisamente el Hijo de Dios viene en rescate de los suyos que le pertenecen, con el ejemplo de obediencia hacia Dios: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; Y consumado, vino á ser causa de eterna salud á todos los que le obedecen;” (Hebreos 5.8 al 9 – RVR1909). En esta decisión por parte de los seres humanos indecisos, desempeña un papel muy importante el libre albedrío humano frente a la voluntad de Dios. Esto significa que así como Jesucristo renuncia a su propio libre albedrío, para hacer solamente la voluntad de Dios, también el ser humano tiene que renunciar a su propio libre albedrío, o sea, renunciar a hacer lo que quiera, sino reconocer como suyo el libre albedrío de Jesucristo, al hacer solo la voluntad de Dios, porque de ninguna manera hay otro camino, verdad y vida que no sea Jesucristo:

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús. El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual á Dios: Sin embargo, se anonadó á sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante á los hombres; Y hallado en la condición como hombre, se humilló á sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le ensalzó á lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre; Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra; Y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, á la gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2.5 al 11 – RVR1909).

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